CÓRDOBA DE LA REFORMA

En el pasado sábado, primero del mes de octubre, miles de cristianos se congregaron en el centro de la ciudad para conmemorar el aniversario número 500 de la Reforma Protestante.

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De a uno, en grupos, con amigos o en pareja, en familia: de todo lugar, la multitud llega al Parque Las Heras. La cita estipulada para las 16:45 tuvo su respuesta exitosa, reflejada en el numeroso grupo que se acerca al punto de encuentro. Puntual, a las cinco, la columna comienza a marchar, levemente empujada por la brisa del Este y la emoción de aquellos que creen que la Reforma no murió hace 500 años.


La tarde cordobesa es cálida pero no agobiante. La primavera de octubre ya hizo florecer a los Lapachos y los pétalos rosados juegan a ser alfombra en la avenida para la multitud. A medida que se suman a la columna, a cada persona se le entrega un cartel celeste y blanco que anuncia el nombre de Jesús. Así, miles de banderitas argentinas desfilan en lo alto de brazos extendidos a través de la Av. General Paz, en el corazón de la ciudad.


Decenas, cientos, miles. Todos caminando a ritmo constante, todos entonando canciones al cielo. A medida que la columna llega al punto neurálgico de la ciudad (ahí, en Colón y General Paz), se escuchan las voces entonar: “Tú vivo estás en mí, no hay nadie en tu lugar, te necesito Dios, eres mi libertad”. Durante las trece cuadras de recorrido hacia la ex Plaza Vélez Sársfield no hay ni un minuto de silencio, ni un espacio sin sonrisa.


Metros atrás de la camioneta que encabeza la marcha hay un cochecito empujado por una joven mamá. Ambos se detienen a mitad de camino para acompañar a la multitud en una poderosa oración, encabezada por los integrantes del Consejo Pastoral de Córdoba. La tierra vibra. Más adelante un naranjita se suma a una canción y mira, esperanzado, por fin una marcha en paz. Los curiosos de los balcones se asoman, indagan, observan, se preguntan quiénes son aquellos que marchan para Jesús. La columna que camina llega a un teatro San Martín vacío por dentro y repleto en sus veredas. Dos minutos después ya está en la plazoleta.


El escenario montado es lo suficientemente grande para contener a más de cuarenta músicos, todos parte de la banda de vientos Shekinah Gospel Brass. También hay pastores, quienes agradecen el respaldo a la convocatoria y comienzan el acto entonando el Himno Nacional. “Libertad, libertad, libertad”, se oye cantar a los miles bajo la atenta mirada de Vélez Sarsfield, estatua que se eleva en el centro de la plaza; mucho más cerca el Todopoderoso observa a sus hijos.


"Castillo fuerte", "Firmes y adelante" y "Santo, santo, santo” son los himnos que giran en el cielo y llegan a los ángulos escondidos de los edificios del centro. Córdoba viaja en el tiempo, retrocede cinco siglos y aterriza en las puertas de Wittenberg, mira a Lutero a los ojos y sigue sus pasos reformadores. En el momento central de la tarde, el apóstol Carlos Belart lee un nuevo Manifiesto de la Reforma, en él afirma que “la iglesia no nació hace 500 años atrás, sino en el Calvario”; declara con fuerza que la Reforma continúa para “la generación presente y las futuras”, para “los que levantan como estandarte a la persona de Jesucristo”, para “los que difunden la palabra de Dios en el lenguaje del pueblo”. Le habló a la ama de casa, al obrero, al conductor, al gobernante.


“Cristo vive, Cristo vive”, se escucha como si de una sola voz se tratara y el corazón del país hace eco de la esencia de la Reforma. En la plaza se enarbola también una oración que retumba en las calles aledañas y zigzaguea entre los numerosos carteles; “Jesús es la salida”, reza uno con letras rojas, “Oramos por vos”, se lee en otro que resalta por su color amarillo. Frases que brotan de corazones transformados y son espejo de cada principio reformista. La tarde es el reflejo de lo que se lee en 2 Crónicas 7:14: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”.


El sol se silencia en el horizonte. El acto, aunque culmina, crece en intensidad. Ahora, las voces que hasta hace un momento entonaban “Cuán grande es Él” se apagan, pero se enciende el corazón de aquellos que se dispersan por la ciudad cargando con la única razón de la Reforma: Jesús.

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